
- Inténtalo, la salvación está en tu voluntad -.
Fue en ese mismo instante cuando abrió los ojos. Dormía en su lecho de piedra. No estaba seguro de si aquella voz era sólo producto de su imaginación o si su resonancia era escuchada en el ambiente. Hacía semanas que no veía su rostro, no lo recordaba. Tenía un objetivo, su salvación. Caminó por un largo pasillo en donde la oscuridad le cansaba la vista y la humedad le hacía doler los huesos. El silencio era absoluto, le parecía ensordecedor. Al cabo de un rato llegó al patio del edificio. No había árboles, animales, ni señales. La vegetación era nula y la vida incierta. Solo se vislumbraba el frío de los adoquines. Generaban una gran muralla parecida a la imposición de una montaña. Nuevamente interrumpió la voz.
- El juego es simple y el trato justo –
Ante la ausencia de algún ser le faltaron fuerzas para contestar. Era muy probable que aquel ente que realizaba los comentarios se había escondido, imposible saber donde se encontraba, ya que en aquel patio nada de lo que existía podía ocultar su identidad. Todo era homogéneo y gris. Las paredes eran macizas y fuertes. Se limitó a averiguar qué era el juego y cuál era su trato. En un instante decidió contener la respiración para escuchar lo que acechaba. Se puso de rodillas en un rincón de aquel gran patio girando la cabeza en ambas direcciones para revertir su situación, para dejar de ser presa y convertirse en cazador de aquella amenaza. Al cabo de un rato, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio dos torres una en cada confín del muro. Lo vigilaban. Eso es lo que pensó con seguridad. Desde allí le estaban dando las directivas. En ese mismo instante se puso de pié y le hizo frente a aquella torre que tanto respeto le causaba. Los nervios le estallaban. Fue en aquel momento cuando intentó insultar con lo mas profundo de su conciencia a aquel ser omnipresente e invisible. Pero la voz nuevamente se le anticipó.
- Salta el muro y sé libre -
Se sorprendió ahora más que nunca. La voz lo arremetió desde atrás. Su percepción de haber descubierto a alguien en la torre fue endeble. Quedó atontado, estremecido. Se reincorporó de su estado meditabundo y se sumergió en su idea de traspasar la valla. La pared era alta. Debía tener unos treinta metros. Él la palpó como midiendo a su adversario. Clavó sus uñas en las inmediaciones de los adoquines, finamente colocados uno al lado del otro. Comenzó a escalar. Hizo más fuerza de la que había intentado en toda su vida. Su esfuerzo fué grande y el progresos débil. Los brazos y las piernas le temblaron. Su meta pareció hacerse realidad pero no sin sufrir consecuencias. Las manos se le rasparon fuertemente y sangraron. Su rodilla derecha se llenó de líquidos por el exceso de fuerza. Su hernia se hizo sentir más que nunca. El sudor cayó al compás de la sangre que chorreaba a través de aquel muro firme y frío. La voz lo alentó con un aire de burla.
- Solo te faltan unos metros, los más difíciles pero los más gustosos del juego-
Esas palabras de falso aliento le hicieron un ruido tremendo en los oídos. No lo pudo soportar. Su cuerpo se encontraba derrotado desde el comienzo, su voluntad corrió la misma suerte. Sus uñas se terminaron quebrando ante la presión de las rocas. Ambas manos quedaron destruidas con la misma intensidad. Su cuerpo cayó al vació en una caída libre de casi treinta metros. Su espalda golpeó contra el suelo y un chorro de sangre vertió de su boca. Había quedado casi inconsciente pero continuaba con la misma voluntad de averiguar qué le había sucedido. No lo entendía. Fue en ese mismo instante cuando gritó con toda su alma esperando la respuesta anhelada desde su primera acción. La voz se convirtió en forma de risa, en una carcajada ensordecedora. Se hubiera tapado los oídos de haberlo podido hacer. No le emitió respuesta.
Ahora abre los ojos y nuevamente se encuentra en su habitación escuchando una voz que le propone:
- Inténtalo, la salvación está en tu voluntad -
Se dispone a caminar y a llevar a cabo su cometido. Se levanta y se echa a andar por el oscuro pasillo.
Fue en ese mismo instante cuando abrió los ojos. Dormía en su lecho de piedra. No estaba seguro de si aquella voz era sólo producto de su imaginación o si su resonancia era escuchada en el ambiente. Hacía semanas que no veía su rostro, no lo recordaba. Tenía un objetivo, su salvación. Caminó por un largo pasillo en donde la oscuridad le cansaba la vista y la humedad le hacía doler los huesos. El silencio era absoluto, le parecía ensordecedor. Al cabo de un rato llegó al patio del edificio. No había árboles, animales, ni señales. La vegetación era nula y la vida incierta. Solo se vislumbraba el frío de los adoquines. Generaban una gran muralla parecida a la imposición de una montaña. Nuevamente interrumpió la voz.
- El juego es simple y el trato justo –
Ante la ausencia de algún ser le faltaron fuerzas para contestar. Era muy probable que aquel ente que realizaba los comentarios se había escondido, imposible saber donde se encontraba, ya que en aquel patio nada de lo que existía podía ocultar su identidad. Todo era homogéneo y gris. Las paredes eran macizas y fuertes. Se limitó a averiguar qué era el juego y cuál era su trato. En un instante decidió contener la respiración para escuchar lo que acechaba. Se puso de rodillas en un rincón de aquel gran patio girando la cabeza en ambas direcciones para revertir su situación, para dejar de ser presa y convertirse en cazador de aquella amenaza. Al cabo de un rato, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio dos torres una en cada confín del muro. Lo vigilaban. Eso es lo que pensó con seguridad. Desde allí le estaban dando las directivas. En ese mismo instante se puso de pié y le hizo frente a aquella torre que tanto respeto le causaba. Los nervios le estallaban. Fue en aquel momento cuando intentó insultar con lo mas profundo de su conciencia a aquel ser omnipresente e invisible. Pero la voz nuevamente se le anticipó.
- Salta el muro y sé libre -
Se sorprendió ahora más que nunca. La voz lo arremetió desde atrás. Su percepción de haber descubierto a alguien en la torre fue endeble. Quedó atontado, estremecido. Se reincorporó de su estado meditabundo y se sumergió en su idea de traspasar la valla. La pared era alta. Debía tener unos treinta metros. Él la palpó como midiendo a su adversario. Clavó sus uñas en las inmediaciones de los adoquines, finamente colocados uno al lado del otro. Comenzó a escalar. Hizo más fuerza de la que había intentado en toda su vida. Su esfuerzo fué grande y el progresos débil. Los brazos y las piernas le temblaron. Su meta pareció hacerse realidad pero no sin sufrir consecuencias. Las manos se le rasparon fuertemente y sangraron. Su rodilla derecha se llenó de líquidos por el exceso de fuerza. Su hernia se hizo sentir más que nunca. El sudor cayó al compás de la sangre que chorreaba a través de aquel muro firme y frío. La voz lo alentó con un aire de burla.
- Solo te faltan unos metros, los más difíciles pero los más gustosos del juego-
Esas palabras de falso aliento le hicieron un ruido tremendo en los oídos. No lo pudo soportar. Su cuerpo se encontraba derrotado desde el comienzo, su voluntad corrió la misma suerte. Sus uñas se terminaron quebrando ante la presión de las rocas. Ambas manos quedaron destruidas con la misma intensidad. Su cuerpo cayó al vació en una caída libre de casi treinta metros. Su espalda golpeó contra el suelo y un chorro de sangre vertió de su boca. Había quedado casi inconsciente pero continuaba con la misma voluntad de averiguar qué le había sucedido. No lo entendía. Fue en ese mismo instante cuando gritó con toda su alma esperando la respuesta anhelada desde su primera acción. La voz se convirtió en forma de risa, en una carcajada ensordecedora. Se hubiera tapado los oídos de haberlo podido hacer. No le emitió respuesta.
Ahora abre los ojos y nuevamente se encuentra en su habitación escuchando una voz que le propone:
- Inténtalo, la salvación está en tu voluntad -
Se dispone a caminar y a llevar a cabo su cometido. Se levanta y se echa a andar por el oscuro pasillo.
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